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Año XI  22/12/2011 17:29 "Año 53 de la Revolución"

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La caída del águila
LUIS ÚBEDA
El águila imperial parecía observar y de hecho amenazaba a los cubanos, desde lo más alto del monumento al Maine. En 1961 el águila yanqui fue derribada y hoy es una simple pieza de museo, que recuerda cómo Estados Unidos, desde hace mucho tiempo, fabrica pretextos para sus guerras de rapiña.

A las 21:40 horas del 15 de febrero de 1898, el acorazado ligero Maine fue víctima de una violenta explosión, y se hundió en la ensenada de La Habana causando la muerte inmediata de 260 hombres. La prensa popular estadounidense acusó a los españoles de haber colocado una mina bajo el navío, de cometer actos bestiales, de poseer "campos de la muerte" y hasta de tener costumbres antropófagas…

Muy lejos en el tiempo, por cierto, estaban las desinformadotas campañas periodísticas, que en 1965 desencadenara la escalada yanqui contra la República Democrática de Vietnam (incidente del Golfo de Tonkín) o, más reciente aún, las "virtuales" armas bacteriológicas con que Iraq iba a agredir a Estados Unidos. Empero, la intención fue la misma, antes, durante y después.

En aquellos finales del siglo XIX, dos empresarios periodísticos rivalizaban en la galopada sensacionalista: En primer lugar, William Randolph Hearst, del New York Journal, y Joseph Pulitzer, del World. La cruzada tuvo el apoyo interesado de financieros estadounidenses con gruesas sumas invertidas en la Cuba, quienes soñaban con arrebatársela a la metrópoli española. Sin embargo, ni el público y mucho menos los periodistas, mostraban el mínimo interés en lanzarse a una aventura de ese corte.

Frederick Remington, dibujante del New York Journal, envió en marzo de 1898 la siguiente misiva a su jefe desde La Habana: "Aquí no hay ninguna guerra. Pido que se me haga regresar". Al instante, Hearst le telegrafió: "Quédese allí. Suminístrenos dibujos, yo le suministraré la guerra". La explosión ocurrida un mes antes permitió a Hearst montar una violenta campaña; solo hay que recordar el filme Ciudadano Kane (1941), de Orson Wells.

A partir de aquel mensaje, Hearst dedicó varias páginas de sus diarios al caso del Maine, reclamando venganza y repitiendo sin cesar: "Remember the Maine! In Hell with Spain" (¡Acuérdense del Maine! Al diablo España). A la cacareada propaganda se le sumaron los demás diarios. En cuestión de días, el New York Journal pasó de 30 000 ejemplares diarios a… ¡400 000, y con posterioridad superó regularmente el millón de ejemplares! Había alcanzado su aberrante propósito: inventar un conflicto bélico.

Presionado por todos, el presidente William McKinley declaró la guerra a España el 25 de abril de 1898. Pero 13 años después, en 1911, una comisión investigadora sobre la destrucción del Maine concluyó que el barco se había hundido a causa de una explosión accidental en la sala de máquinas…

CÓMO SE GESTA UN MONUMENTO

Al sexto día de instaurada la "República", el 20 de mayo de 1902, su primer presidente envió al congreso norteamericano un mensaje del cual extraigo este párrafo: "Junto al heroísmo legendario de tres generaciones de patriotas está la hermosa actitud de un gran pueblo, que consultando solo su amor a la libertad, se puso resueltamente a nuestro lado en la lucha que sostuvimos por la independencia patria. El móvil fue simplemente un sentimiento generoso, puro en su origen y desinteresado…" (Tomás Estrada Palma)

¿Qué decir?... ¿Miopía política? ¿Sumisión extrema? La historia ya ha colocado a cada cual en su justo sitial, pero no hay dudas de que esta "declaración de principios ", abrió las puertas a la avalancha de emblemas alegóricos a figuras, hechos y acciones yanquis estrechamente vinculadas al despojo de la infrenable victoria mambisa.

El siniestrado buque permaneció 11 años obstaculizando el tránsito normal de la bahía habanera. De repente, el 13 de marzo de 1912 lo remolcaron hasta las profundidades del Golfo para hundirlo definitivamente. El entonces presidente José Miguel Gómez no dejó escapar la ocasión y escribió a su homólogo William H. Taft que "el pueblo de Cuba vería con mucho agrado la donación de alguna parte de la embarcación, para hacer perdurar su recuerdo. A su relevo, Mario García Menocal, le correspondió promulgar el Decreto Presidencial No. 1170 del 6 de diciembre de 1913, para el nombramiento de una Comisión de Veteranos encargada de levantar un monumento provisional a dichas reliquias…

A esto se unió otro decreto (No. 1374 del 6 de octubre de 1915), que entre otras cosas decía: "… para perpetuar dignamente la importancia histórica que esos despojos tienen en la fundación de la nacionalidad cubana", la comisión antes creada convocaría a un Concurso Internacional de Proyectos, del cual se escogería la muestra premiada como futuro monumento. Eso sí: el costo de las obras no podía exceder de 33 000 pesos. Un año más tarde, el bosquejo presentado por el cubano Félix Cabarrocas resultó escogido.

No fue hasta 1924 que el artista pudo materializar su obra. Pero los costos se "dispararon"… En 1916 ascendía a 100 000 pesos; 150 000 en 1920, y a estas alturas amenazaba seguir creciendo como la espuma. Pero Alfredo Zayas –el presidente de turno- se plantó en "siete y media": 116 000 pesos. Ni uno más.

El 8 de marzo de 1925 se inauguró oficialmente el monumento al Maine. Dos cañones y otros elementos originales, tarjas conmemorativas, falseadas alegorías. En fin, la fantástica ilusión de las repúblicas cubana y norteamericana abrazadas. Desde lo alto, una descomunal águila clavaba sus garras en las elevadas y torneadas columnas. ¡Cuidado, cubanos, desde esta altura los estoy observando!, graznaba de modo simbólico.

Pero, ¿qué sucede? En medio de las fanfarrias (justo al escucharse la notas del Himno de Estados Unidos), un aeroplano escribe con su estela de humo ¡Viva Cuba! Zayas y sus ministros, el embajador Enoch Crowder, el almirante Dayton y hasta el general Pershing, no disimulan su disgusto. El futuro dictador Machado, recién electo presidente, tampoco.

LLEGÓ EL COMANDANTE Y MANDÓ A PARAR

Es 8 de enero de 1959. La Columna 1 del Ejército Rebelde, comandada por Fidel Castro Ruz, cruza ante el obelisco plantado 34 años atrás. El 18 de enero de 1961, el Consejo de Ministros aprueba suprimir el águila imperial que coronaba el monumento erigido frente al malecón habanero.

En fecha tan señalada como el Primero de Mayo del propio año, apenas apagado el canto de las armas que decretaron la primera gran derrota del imperialismo yanqui en América Latina, una grúa del Ministerio de Obras Públicas encabezaba el bloque de los trabajadores de la construcción que desfila ante la Plaza de la Revolución. En lo alto del mástil se balanceaba el ave rapaz que hasta ese día señoreó en la Nación Cubana: el orgulloso símbolo que a partir de ese momento, y hasta el final de los tiempos, desempeñará el único papel que le corresponde en esta corajuda Isla: pieza de museo.

Muy cerca del lugar se erigen hoy nuevos monumentos: La Tribuna Antiimperialista y el Monte de las Banderas, convertidos en espacios de Cuba, de Latinoamérica y del mundo.

En este último, 138 banderas luctuosas con una estrella blanca recuerdan los más de 3 400 cubanos muertos por atentados terroristas del imperio. En la Tribuna, 10 palmas escoltan a José Martí, y a la vez se rinde tributo de evocación y respeto a personalidades universales que van desde Bolívar hasta Walt Whitman, pasando por Marx, Engels y Lenin, y figuras emblemáticas de Estados Unidos como Lincoln y Hemingway.

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Fuente:
EXCLUSIVO, 23/11/06

 

 
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